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Cultura, Periodismo y Democracia

 
 

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Regreso del hospital

Libro de cuentos
2007-12-01 13:22:27
Ya he pasado por quirófano. Llevaba meses esperando la operación y por fin me encuentro en casa, restaurado y esperando el día que pueda volver a tocar la luz del Sol y pisar el aire de la calle. He salido otra vez con la misma conclusión que hace unos años, cuando salí ileso de una peritonitis aguda: toda experiencia en un hospital resulta impresionante. Te cruzas, haciendo uso libre de la interpretación poética, con gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre, como un señor que paseaba su tremenda hepatitis de la mano de su querida esposa asustada o pacientes vecinos esperando el sino de su moneda: libertad o muerte. Qué cruel es la espera hasta que te inyectan la anestesia.

Un hospital es como la ciencia: una lucha continua contra la muerte, a la que no siempre se puede derrotar.

Recostado en la cama de mi habitación, la 1551, leía el final de Exploradores del abismo de Enrique Vila-Matas, con la misma acongojante sorpresa del principio: entonces el libro empezaba hablándome de Álvaro de Campos, a mí, que acababa de volver de Lisboa y de leer la obra poética completa de Fernando Pessoa; y ahora “Adoro los hospitales. Me devuelven las seguridades de la niñez: todos los alimentos están junto a la cama a la hora precisa. Basta oprimir un timbre para que se presente una enfermera, ¡a veces hasta un médico! Me dan una pastilla y el dolor desaparece, me ponen una inyección y al momento me duermo”, a mí, que también me encuentro hospitalizado, conectado a la misma sonda y con una bolsa repleta de orín colgada de mi cama. Enrique empezó y acabó su libro de cuentos, su retorno al cuento, contándome mi vida, que ahora ocupo escribiendo un libro de cuentos, aunque lo mío no es un retorno sino un punto de partida.

Necesitaba despejar varias nubes negras. Y una era esa: la hernia inguinal que me impedía llevar una vida corriente, con grandes paseos, determinados –no demasiados- esfuerzos físicos y con la posibilidad de esconderme en cualquier tipo de pantalón. Las demás también se han esfumado ya, aunque prefiero no mencionarlas aquí, por lo que de nuevo me encuentro sin cargas en la mima carretera de la ficción-realidad, “obligado” a no parar de escribir. La desobediencia da más juego del que pensaba y yo me alegro por ello.

Encerrado

Libro de cuentos
2007-05-30 21:56:43
Día festivo en Sevilla. Sólo he salido de casa para comprar el periódico, donde he leído un maravilloso reportaje sobre el entusiasmo del saber, nuevas miradas sobre la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert, la primera obra de la modernidad. He aprovechado el día para escribir. He acabado el cuento que empezó llamándose Corazón caliente y ha terminado siendo La cama del pederasta. Me costó trabajo arrancarlo porque no me decidía con los personajes que tenían que participar en la historia y porque no me decidía con sus nombres. Escogí Olimpia para la protagonista. ¿Por qué será tan difícil poner nombre a los individuos que tienes en mente? Es curioso porque existen en mi cabeza, los veo, sé cómo visten, cómo hablan y qué traen detrás, pero los imagino sin nombre. Me sorprende.

Creo que me ha quedado una historia tal y como quería: aparentemente limpia, de desarrollo amable, pero con un trasfondo terriblemente desagradable. Una historia muy rugosa. Pero qué le voy a hacer, este libro posiblemente se llamará Cuentos desobedientes y es lo que veo en mi ciudad, en mi país y en mi mundo. En este caso, disculpadme, pero yo sólo me he dedicado a escribir.

También me pregunto a menudo cómo influyen en la escritura las músicas que escucho mientras escribo. Hoy me puse varios discos de John Barry, la banda sonora de El mercader de Venecia de Jocelyn Pook, Marlango y Caminos imposibles de Antonio Montilla. Las escojo según las historias, imaginando que son sus bandas sonoras y me ayudan a visualizar incluso los diálogos. A ver más allá de sentir, que es lo primordial.

Al igual que la música que oyes, creo que también te influye lo que comes. Almorcé fideuá de marisco, que estaba exquisito, con medio litro de Cruzcampo muy fría, el mejor preludio de una buena siesta, reposición y de nuevo a escribir. Mañana volveré al trabajo. Trataré por la tarde de retomar las sensaciones de hoy. Las de un domingo en mitad de la semana.

 

Proyecto en desarrollo

Libro de cuentos
2007-05-08 03:04:56

Llevo varias semanas haciendo un curso de "Técnico Superior en Producción Editorial" gracias al cual, entre otras cosas, estoy perfilando aún más el diseño de mi libro de cuentos. A la vez, barajo posibilidades. ¿Acudo a una editorial? ¿lo autoedito?

La ilusión sigue multiplicándose...

De vuelta a la ficción

Libro de cuentos
2007-04-16 16:47:15

Sin título de Guillermo Pérez Villalta

Durante las últimas semanas he dedicado poco tiempo a la escritura de los cuentos. He estado fundamentalmente empeñado en sacar adelante esta web junto a su promotor y padre fundamental, Rafael García. En esas semanas he estado procurando crearme un gran listado de personas a las que quiero entrevistar en los próximo días (espero sorprenderos). También he estado documentando algunas de ellas e incluso ya tengo elaborados varios cuestionarios. En unos días habrá nuevos contenidos en esa sección y creo que serán bastante interesantes.

Por momentos he creído estar extenuado pero por otros me he sentido más fuerte que nunca, trabajando mis siete horas diarias y dedicando muchas más a todo lo que en estos días de intensa primavera llevo por delante. No me está resultando demasiado complicado acostarme varias horas después de la media noche y despertarme en la frontera de las nueve de la mañana. Anoche dormí dos horas y media (no oí gallos porque vivo en el centro de la ciudad) pues me sentí poseído por unos dedos que no paraban de teclear el ordenador y en esas situaciones yo me dejo llevar.
 
Sin embargo, el libro de cuentos ha seguido siendo protagonista de mi cabeza. En la libreta de notas, que me acompaña a casi todos sitios salvo a los de inminente desnudez, he ido apuntando todo aquello que he considerado susceptible de ser llevado al terreno de mi periodismo ficticio, válgame la expresión, o de lo que me resulta casi más interesante: periodismo underground. ¿Y si lo traducimos al castellano cómo quedaría? ¿periodismo alcantarillero?

Dejé a medias el cuento que he querido dedicar al intrincado mundo de la inteligencia, cuento que se me ocurrió precisamente cuando entrevisté al profesor Miguel Guirao, pues sus respuestas fueron realmente sabrosas. Espero sacar de ese asunto un texto, al menos, interesante y entretenido. Seguiré relatando los resultados en esta categoría del blog.

 

Platón Cinema de Guillermo Pérez Villalta

Por otro lado, empecé el viernes un curso de técnico en producción editorial. La semana pasada fue la primera sesión y el temario parece satisfacer todas mis expectativas. Si siempre he querido ser un periodista multimedia, esto es lo que me faltaba para saltar al maravilloso mundo de los libros. Cuando termine mi libro de cuentos tendré que negociar con algún editor su publicación y ya se sabe, cuanto más se sepa, menos se pierde en la mesa de negocios. Y si nadie decide arriesgarse, a por la autoedición, que también está incluida dentro del temario. Eso siempre lo he tenido claro: mis sueños me acompañarán hasta lo más hondo de los infiernos.

Estiro unas líneas esta entrada para maldecir a Pedro Sorela y Luis Alberto de Cuenca, que me roban las horas que no tengo con dos libros espléndidos (Dibujando la tormenta y Poesía 1979-1996 respectivamente). Sus palabras me han creado una corpulenta adicción pero no pienso desintoxicarme.  

Comentan por ahí

Libro de cuentos
2007-04-04 02:32:53
Aunque mantengo en estricta intimidad los cuentos que voy escribiendo, hace unos meses publiqué Putas sin acera en www.frutosdeltiempo.com. Ese texto me pide a gritos difusión. Sé que no ha quedado tan brillante estéticamente como otros que guardo en el disco duro de mi ordenador portátil, pero creo que, en cambio, recoge un testimonio en plena vigencia que hay que airear como aireamos los abatimientos que nos compungen la inspiración. Actualmente es el segundo artículo más comentado de esa web y los lectores me han dedicado adjetivos que seguramente me queden anchos. Pero que yo agradezco, obviamente.
 
Incluyo el texto porque de estar repartido por el mundo también quiero hacerle un hueco en casa. Ven, cuentecito, siéntate aquí en mi regazo porque igual viene alguien esta noche a leerte.
 
 
 
Putas sin acera
 
 
 
I
Demasiado vaho en los cristales. Si alguien decidiera molestar, no lo tendría difícil. Por un rato, esa opacidad vino bien, pero a partir de ahora es un gran obstáculo para la tranquilidad de los dos. Nazaret busca un trocito de kleenex para envolver el chicle que ha quedado insípido tras dar ciento trece vueltas alrededor de sus dientes y la lengua de Enrique. Era de hierbabuena, pero de haberlo olvidado sería ahora incapaz de detectar su sabor. Mastica prácticamente goma. Encuentra el papel junto a uno de sus zapatos, sobre la alfombrilla, empapado en fructosa, aminoácidos, ácido cítrico, fósforo, potasio, hormonas y todo cuanto su amante ha desparramado tras varios días de abstinencia sexual. Él trata de comprobar que el pestillo de las cuatro puertas está echado. Debió pensarlo antes, aunque hace exactamente cinco minutos no estaba para pensar en nada. Sólo en Nazaret y en sus orgasmos retardados.
 
El Seat Ibiza no ruge y les asusta el silencio despótico del polígono industrial. Es sábado noche. Dos treinta y cinco de la madrugada. Ambos están contentos porque las estrecheces del vehículo no han acabado con el morbo del primer encuentro. Se habían conocido a las veintitrés quince en Los Madriles, el bar de vinos donde acuden las mujeres más guapas e impertinentes y los hombres más morenos y prosaicos de la ciudad. Las apariencias engañan cuando el que las interpreta es un simple sin enmiendas.
 
-Tengo que confesarte una cosa, Enrique.
-Dime. Te has aburrido.
-No. Se trata de una verdad que no puedo seguir callando. Te mentí. No tengo veinticinco años. Tengo treinta y dos-. Enrique sonríe... y Nazaret pregunta: ¿Tampoco tú tienes veinticinco?
-Tengo 21.
 
Se abrazan y se visten. El lugar empieza a resultar muy incómodo. Enfrente un almacén de calzados. A un lado, un lavadero de coches. Al otro, un tanatorio. Y detrás, la autovía Madrid-Cádiz. Demasiado vaho y Enrique ya no es un hombre que pueda garantizar la seguridad de los dos y ella, con esa edad, probablemente esté casada. Piensan despedirse. Dejan todo limpio. Esta vez, ninguno de los dos llevaba preservativos.
 
 
 
 
II
A Roberto el vértigo le viene por otro lado. La botella de Cacique empieza a evaporarse al mismo ritmo que aumenta el volumen de las risas. Los chistes cada vez son peores pero más efectivos. Se han juntado unos cuantos amigos para celebrar algo que ocurre sólo una vez en semana: es viernes. Están escondidos entre unos columpios del Vial para no ser vistos por la policía. La nueva ordenanza municipal prohíbe beber alcohol en la calle y aunque los agentes del orden no probarían ninguno de los vasos, la botella sería prueba suficiente para que cada uno de ellos tuviera que pagar una multa de ciento cincuenta euros. Decir eso a papá no cambiaría la vida de nadie, pero sí garantiza un tremendo sofocón. Tener veintidós años y ser universitario es lo que tiene: mucha libertad pero poca independencia.
 
La noche se va perdiendo con las horas de la madrugada y no queda mucho por hacer. Un encadenado de tragos supone soñar, reír, compartir, olvidar... autonarcotizarse. Justo antes de lo que simula ser una despedida, llega Pablo con media botella de Jack Daniels que ha conseguido extraviar de La Buhardilla y todos tienen sed. Pero no quedan hielos y hace demasiado frío.
 
 
 
 
III
Eugenia es muy feliz. Todos dicen de ella que es una chica inteligente. Ella no pone ninguna objeción a lo que piensan los demás pero a solas admite que ha tenido mucha suerte. Hace cinco años se licenció en Informática y desde entonces ejerce como tal en una importante entidad bancaria. Trabaja de lunes a viernes treinta y cinco horas semanales, como establece su convenio laboral, pactado en su comunidad autónoma años atrás. Si algún día echa tiempo extra, nadie se lo paga, pero su reputación mejora de cara a la alta jerarquía. Conduce un A3 y una vez por semana puede permitirse el lujo de ir de compras: Stradivarius, Bershka, Zara, Oysho, Amichiy y alguna vez Vittorio y Luchino. Dolce y Gabanna fueron quienes diseñaron las gafas que le dan ese toque de fabulosa clandestinidad.
 
Sabe sacar partido a los mil doscientos euros de su salario mensual y se siente dichosa cenando con sus amigas en el Café de París, soltando noventa euros por llevarse a la boca una parrillada de sardinas marinadas con helado de gazpacho andaluz, unas ostras bloody mary y una fritura malagueña con cigalas y crema de lechuga y yogur. Después una copa de buen cava gran reserva personal Manuel Raventós brut nature y un sopetón de cocaína. De fondo el piano de Scott Joplin.
 
Con sus amigas habla a menudo de amor, como es natural a su edad jovial y desmesurada. Y aunque apenas tiene nada que objetar al mundo de sus días, se queja con frecuencia de que ya no queden hombres capaces de embarcar en viajes de largo recorrido.
 
 
 
 
IV
Son las catorce y cuarenta y aún no hay nadie en casa. Rosa debe estar a punto de llegar de su trabajo aunque a menudo se retrasa porque las cuentas no salen y la jefatura está compuesta por amantes de la deshora. Cuando llegue, sacará del congelador el tupperware y meterá en el microondas la dosis que necesita de vitaminas, carbohidratos y minerales para seguir siendo una señora radiante y optimista, como todos le piden ser.
 
Agustín hará igual. Pero él mezclará la comida del tupper con doscientos gramos de delirio para combatir esa tendencia personal hacia el hastío. Sólo así mantendrá el equilibro entre el hombre que quiere ser en casa y el que debe ser en la oficina de ingeniería industrial. Después, mientras el lavavajillas enjuague los restos de la ineludible puesta en marcha, ambos ocuparán el salón y leerán el periódico de la mañana, ya a primera hora de la tarde. Así ocurre. Hoy, ellos han decidido no alterar el orden de este cuento y no me han dejado en ridículo.
 
-¿Te has fijado, Agustín, lo que dice el periódico?
-¿Qué mi amor?
-Ayer por la tarde hubo una manifestación en la plaza del Ayuntamiento para reivindicar viviendas dignas. Fue convocada espontáneamente por los jóvenes. La verdad es que está la cosa fatal...
-¿Y fueron nuestros queridos hijos?
-No. Eugenia había quedado con Nazaret, que andaba preocupada por algo que hizo el pasado sábado. Y Roberto había ido con Pablo, Enrique y los demás a tomar un café en el Rosso.
-Am. Entonces tenían algo más importante que hacer...

Primer parte de un escritor novel

Libro de cuentos
2007-03-29 10:58:10

18 de julio

El viaje de las emociones

Llevo un mes embarcado en lo que considero el reto más importante de mi vida profesional. Lo tenía en mente desde hacía muchos años. Precisamente desde aquella tarde de verano de mil novecientos noventa y tres que sin una explicación aparente me acoplé en el patio de mi casa, en Linares (Jaén), y me puse a escribir sin parar. La noche me apresó con una libreta A4 sobre la mesa y un lápiz en la mano derecha. Se me ocurrió dedicarme a mí mismo un texto para celebrar el cambio de vida, un punto de inflexión entre mi infancia y mi adolescencia. Pronto marcharía a vivir a Córdoba y todo desarraigo supone una cierta incertidumbre de consecuencias inesperadas. Nunca olvidaré aquel atardecer sencillamente porque en un arrebato de madurez decidí cómo quería que fuera mi vida durante los siguientes veinte años. Imaginé cómo quería ser, qué circunstancias quería a mi alrededor y qué trataría de lidiar con la media verónica de un torero novel. Con catorce años, es fácil creer que el mundo está pensado para ti.

Desde entonces no he podido separarme de mis pensamientos, de mis ocurrencias. Todo cuanto ha pasado por mi cabeza ha tenido exactamente la misma proporción de realidad que cuanto he visto, oído o tocado con mis propias manos. Decía Stendhal que un hombre que no tiembla no se aburre jamás. Hoy brindaría con él porque es exactamente lo que me ha venido ocurriendo estos años atrás. Es muy divertido vivir lo que imaginas porque tu vida se convierte en un gran paraíso de matices que te anima a nunca cruzar los brazos. Corres el riesgo de transformarte en un voyeur de ti mismo, y eso debe ser muy fastidioso, pero también existe la posibilidad de hacerte un observador excepcional del entorno global. Lo que uno imagina, otros lo viven y viceversa. Y esa tensión permanente es un como la manivela que da vida a un muñeco de cuerda.

Por eso, como nunca me he atrevido a sembrar un árbol [a pesar de mi descarada conciencia ecologista] ni tampoco me veo con posibilidades reales de tener un hijo a solicitud propia [espero que tampoco llegue un desconocido a casa llamándome papá], lo que llevo años queriendo hacer es vestir de literatura pequeñas historias tan ficticias como tangibles. He esperado el momento adecuado para poder tener la mente lo suficientemente despejada y no permitir un combate a muerte entre las obligaciones y las devociones personales. Aunque mi formación como periodista no ha hecho más que empezar, en estos once años de profesión, de alguna manera u otra, he aprendido a dialogar con la realidad bajo múltiples registros y niveles de formalidad. Ahora, en lo que estoy seriamente empeñado es en perseguirla saltándome todos los cánones académicos y no poner ni una sola zancadilla a la propia creatividad. Que me juzguen en la Facultad, pero la conciencia la quiero tener tranquila.

Quiero escribir al mismo ritmo que voy por la vida, al mismo ritmo que pasea usted porque vivir y contar deberían ser verbos sinónimos en lugar de verbos paralelos. Y quiero que sea un viaje al interior como única forma válida de aproximación al espacio generacional. Un acercamiento a quienes somos jóvenes en tiempos nublados y que con cierta intermitencia disfrutamos de intensos días de sol radiante. Y qué mejor formato para ello que el cuento, que entretiene al lector mostrándole segmentos de realidad con la misma fidelidad que una fotografía instantánea. Decía Cortázar que el cuentista es aquel hombre que de repente, comprometido en mayor o menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Añado que si no es fácil escoger el tema, entre el infinito conglomerado de nuestra experiencia, mucho menos lo es elaborar un cuento con esa materia prima y conseguir, sin defraudar a nadie, una narración desenvuelta, clara, plástica, irónica y, sobre todo, amable y cordial. Pero lo intentaré.

Durante los próximos meses [quién sabe si años] me dejaré embaucar por mi propia habilidad literaria para construir estos cuentos y lo iré relatando en este diario personal cibernético. Es un doble juego de literatura y metaliteratura, donde no quiero escatimar energías, ni en una fase ni en la otra. Por ello, también quiero destripar minuciosamente la ardua tarea de la escritura, la búsqueda de la idea, del verbo exacto y del adjetivo que precise al sustantivo sin menosprecios ni malabares fraudulentos. Hasta ahora, nunca me ha importado encerrarme en un callejón oscuro con cuantas palabras se han tropezado conmigo y pienso seguir dando vitaminas a esa valentía. Si quiero decir algo, no me importa sacar la navaja y desangrarlas hasta dejarlas exhaustas, haciéndoles expresar su justo significado. A partir de ahora no sólo sufrirlo sino además contarlo.

De momento no me preocupa la publicación. Será la última fase de este proceso creativo y cuando llegue la hora me volcaré en ello. El mercado editorial no celebra con serpentinas la llegada de autores noveles, pero trataré de dejar en sus escritorios unos textos desbordantes de ambición y entusiasmo literario. Además, el mundo ha cambiado y la autoedición es posible. En papel o en píxeles.

El título lo tengo elegido desde hace meses. Me buscó a mí, en lugar de al revés, y no pude rechazarlo. Aún prefiero mantenerlo en secreto por si con el tiempo desconfío de su escrupulosidad aparente e inicial. También tengo ya completos tres textos: “El insomnio de Galisteo”, “Las cartas de Lucifer” y “Estrellas sin cubierta”. Cada uno de ellos, muy distintos entre sí, pero con ese punto en común que voy buscando: el sentir y el valor de la efable juventud actual.

Quédate por aquí si quieres aproximarte sutilmente a la áspera experiencia de la escritura y la esperanza narrativa. Trataré de no defraudar a nadie. Y menos a aquel chaval de catorce años que desde mil novecientos noventa y tres sigue esperando el nacimiento de estas líneas.

24 de julio

Valorando títulos

Días de sol y mar en Benalmádena. Reencuentro con la zona después de varios años y sigue siendo un buen lugar para rememorar esa canción de Gainsbourg que tanto me gusta: “Sea, sex and sun”. Es de una sonoridad espléndida, con un juego de eses que parece que Serge te canta al oído. De haberla escrito yo para una experiencia así, le hubiera añadido algo a la conjunción esencial: “Sea, sex, sun and Bayleis”. Y además, en alguna estrofa hablaría de ese alguien que se bebió el sábado por la noche una de nuestras botellas de ron.

He estado sin portátil, claro, y no he escrito nada, aunque muchas ideas han rondado por mi cabeza. Me fui dejando a medias la historia de Esleban. Al contrario de lo que me ha sucedido en otras ocasiones, no me ha costado trabajo escoger el nombre del protagonista, pues significa exactamente lo que necesitaba que significara “procreador de hijos” y encima es de origen hebreo. No puedo pedir más. El cuento lo tengo empezado y mentalmente muy desarrollado. Esta vez, el final estaba definido antes que el principio. En lo que dudo es en el título. Por ahora me gustan dos: Expediente embarazoso y El fin del amor. Creo que ambos pueden reflejar muy bien el trasfondo del cuento, aunque con matices muy diferentes. Se trata de una historia con grandes dosis de sociología, centrada específicamente en algunos comportamientos que observo habitualmente en mi generación sobre las nuevas formas de relacionarse. También tendré en cuenta la visión de Caty, una austriaca con acento argentino con quien conversé largamente hace pocas noches. Vos sos tan lista

Que nadie se espante por la segunda posibilidad del título. La realidad es mucho más inclemente. Trataré de obtener una historia agradable, pues tengo el privilegio de poder escribirla sin la amargura de venir de alguna decepción sentimental o experiencia parecida. Seguramente esta noche o mañana le daré un buen empujón. Mientras tanto, sigo disfrutando de Almanaque. After hours: una muestra de cult-fiction, el libro que más leo últimamente. Muy recomendable la historia de Drag Queen, de Clara Usón. Acabo de descubrir que José Antonio Pérez la ha llevado al teatro.

31 de julio

El fin del amor [Expediente embarazoso]

 

Con más retraso del esperado he terminado el cuarto cuento y pronto estará en manos de mi consejo evaluador. No ha sido fácil ponerme a escribir desde el 24 de julio para acá. Córdoba, Sevilla, Punta Umbría, unos amigos, otros... Según me dicen el verano es para disfrutar y yo tengo tantas cosas que me dan placer que repartiendo de forma equitativa me quedan pocas horas para escribir. No obstante, me siento y casi siempre consigo algunas líneas que me convenzan. Aunque reconozco que hace un par de días me senté frente al portátil y tuve que levantarme sin poder escribir siquiera una palabra. Pero no me desespera. Cada estado de ánimo exige un determinado movimiento.

La historia de Esleban fue transcurriendo tal y como la tenía pensada previamente pero dejé un margen para la improvisación. Incluso provoqué ciertas conversaciones entre los amigos para capturar ideas y puntos de vista que aplicar al texto. Pongo en situación a mi amiga Nuria, chica de criterio responsable y maduro, y mientras me responde, se me ocurre seguir tirando de los Panama Jack que ya habían aparecido antes en el cuento. Algún día leí en una revista que muchas mujeres fijan su vista en los zapatos para intentar deducir la personalidad de los hombres. El personaje de Raquel sería sin duda una de ellas. Me responde Nuria y acepto ciertas impresiones de lo que puede sentir una mujer de treinta y tantos años al compartir ciertas experiencias con un joven de veintipocos. Ella lo sabe mejor que yo.

Una noche me asalta la duda de si lo que estoy escribiendo son cuentos o relatos. Le doy vueltas a lo que sé, consulto varias fuentes y sin una conclusión determinante, decido seguir escribiendo. No me importa demasiado. De fondo, habitualmente, pongo la música de Eduardo Paniagua, de quien tengo una gran colección.

Al describir el momento en que Esleban llega al piso de Laura para participar en un festín grupal de vicios y pasiones desenfrenadas me percato de que me ha salido el párrafo más largo desde que empecé este proyecto. Soy consciente de las cualidades del lector actual pero el asunto lo merece. Poner un punto y aparte en esa secuencia puede romper la intensidad de la acción y no estoy dispuesto a ceder en ese aspecto.

No sólo Paniagua me ecualiza el alma estos días. En una parada voy al cine a ver El tigre y la nieve, la nueva película de Roberto Benigni. Impresionante. Contraste absoluto con lo que estoy escribiendo. ¿Quién determina en el arte lo que es la Modernidad? ¿Qué mensaje es más moderno el de esa película italiana o el de mi cuento? Sin duda, yo me rindo ante el genio, pero creo que su película es un cuento agridulce y mi cuento parece más una película documental. ¡Y qué casualidad: ambas historias tienen un hospital como escenario principal!

Narrativamente se me ocurre un diálogo entre las personas de nuestros recuerdos y nosotros mismos. Caye, desaparecida años atrás, viene a visitar la memoria de Esleban justo en el día más importante de su vida y desmenuzando el diálogo descubro que palabras como “inocentón” y “bonachón” vienen en el diccionario. Yo me quedo con la primera. La segunda se queda grande para el personaje principal.

Dudaba entre dos títulos, pero soy incapaz de desechar ninguna de las palabras. El título definitivo es:

El fin del amor

[Expediente embarazoso]

Hace unos días día fui con mi hermana al Centro de Control Animal de Córdoba y se me ocurrió la siguiente historia. ¿Me perjudicará estar escribiendo un cuento e ir anticipando el siguiente? Más me preocupa que casi todas las historias que se me ocurren son historias de hombres, aunque es cierto que en todas las mujeres juegan un papel fundamental. ¿Puedo buscar una historia interesante partiendo de la necesidad de que sea una mujer la protagonista o eso es forzar la creatividad?

17 de agosto

Una ola de tristeza

Hoy me he levantado feliz porque me encantan, como las cálidas noches de invierno, los fríos días de verano. Me despertó el continuo tiquitoc de la lluvia golpeando los cristales de mi habitación y me alegró saber que era cierto lo que escuchaba. Perfecto amanecer para ir al mercado en busca de los ingredientes necesarios para cocinar uno de mis platos favoritos: Risotto de setas. Creo imperturbablemente que hay que celebrar todos los días aquello que nos hace felices.

Pero una ola de tristeza esperaba aún para inundar la ciudad. Aguantó en alta mar hasta que alguien abrió el periódico de la mañana y entonces se desparramó por callejuelas y avenidas, por cafés y plazas grandes, empapándonos a ti y a mí: Ha muerto Hilario Camacho.

Cuando lo conocí me pareció un hombre honesto, sensato y esencialmente rebelde. Sabía de él lo poco que había dejado pasar una industria que ha tratado siempre de silenciarlo.  Pero la Historia apenas se resuelve impasible y me sentí muy afortunado el día que descubrí que nunca había dejado de ser un joven empedernido. Conversaciones compatibles entre un hombre de cincuenta y ocho y otro de veintiséis.

Lo descubrí en directo, como deben descubrirse los juglares de cualquier época, y quedé rotundamente seducido por su poesía, sus melodías, su pose escénica y su forma de hablar. Aquel chaval mayor demostraba palabra a palabra toda la madurez que debe presuponerse a quien vive, quiere vivir y deja vivir. Parece sencillo pero es tan importante…

De él casi todo el mundo sabe que compuso para gente como Joaquín Sabina, Luz Casal o Martirio, pero lo que es menos sabido es que fue autor de David, la banda sonora de la serie de dibujos animados David el gnomo. “Ten cuidado si es que estás cogiendo setas, no sea que cometas ¡una barbaridad!”

"Nací el 8 de junio de 1948 en el barrio madrileño de Chamberí. A los 13 años tuve mis primeras gafas, a los 14 conseguí mi primera guitarra y a eso de los 15 compuse mi primera canción, se llamaba 'Pilar' como una chica que me gustaba", así empieza la autobiografía que a partir de hoy tiene punto y seguido. No acaba ahí porque Tristeza de amor, Cuerpo de ola, Manual para héroes o canallas, Güisqui sin soda (sexo sin boda) o Madrid amanece seguirán viviendo allá donde se recuerden o donde alguien demuestre su sensibilidad artística pulsando el play del reproductor. Hilario quiso cantar y cantó. Siempre a contracorriente, siempre al margen de las modas y del gusto imperante e imperativo.

Ahora se disponía a promocionar su nuevo disco y quién sabe si otra vez hubiéramos compartido juntos uno de esos días de prueba de sonido, ensayos, charloteo, entrevista y concierto. Yo hubiera estado encantado señor Camacho.

Espero que allá donde hayas ido te hayas llevado la guitarra y sigas componiendo a tu aire, natural como siempre. Te pedimos que nos dejes escuchar tus nuevas canciones porque como esta lluvia de agosto, nos harán felices. Por cierto, Hilario, el risotto ha salido exquisito. Cuánto me hubiera gustado invitarte a comer.

26 de agosto

¿Leer es no leer?

 

¿Cómo encontrar una motivación tajante para seguir escribiendo cuando te deslumbra una gran obra maestra? Te quedas sencillamente sin palabras porque alguien antes que tú las ha utilizado para contar una historia redonda, impecable y conmovedora. Acabo de ver Cuentos de la luna pálida de agosto, una película de Kenji Mizoguchi que me ha desarmado por completo. Es una obra apasionante y bellísima basada en una leyenda del siglo XVI que en 1953 ganó el León de Plata en Venecia. Fue un proyecto ambicioso en tanto que se propuso abordar un tema humano por excelencia: la búsqueda de la felicidad.

Es desesperanzador comprobar que antes de que nacieran tus padres ya existía la narración perfecta. Entonces, desolado y sonriente, te asomas a la ventana buscando oxígeno limpio y vienen a verte las vacilaciones y, lo peor, a reírse de ti: ¿el arte debe regenerarse continuamente o sencillamente por ser arte permanece atemporal y no necesita nada que le robe atención? A mí no me gustaría en absoluto molestar a ningún duende literario, con lo que pido a quien tenga interés de leer algún cuento mío que cumpla primero con sus obligaciones literarias y previamente se lea al menos las obras completas de Borges, García Márquez y Julio Córtazar, que no quiero sentirme culpable de robar tiempo a los justos capitanes de la tinta negra. Aunque, pensándolo bien, los efectos secundarios pueden ser graves: ¿qué contar yo después para no hacer el ridículo?

No obstante, el otro día me asaltó en cama la primera frase del siguiente cuento. Cuando me siente, lo escribo del tirón. No pienso rendirme. Al fin y al cabo no escribe quien quiere sino quien lo necesita.

7 de septiembre

Ladridos

Es media noche y se escuchan truenos. Ojalá esto suponga la asfixia de este desesperante calor que te empapa las noches y te impide leer en la cama porque convierte al flexo en un potente e insoportable calefactor. Deseo con ímpetu que llegue el otoño y unas temperaturas más gentiles. Es divertido pasar unos días en la playa, pero cuando se vuelve a una ciudad de interior, el verano se declara como un enemigo demasiado bien armado. Te deja agotado aunque no hagas nada en todo el santo día. Necesito ya las canciones de Diego Vasallo.

Esta semana he vuelto al trabajo en televisión y ya estamos preparando la sexta temporada del programa. Entre nuestros propósitos, uno especialmente ilusionante: entrevistar a Silvio Rodríguez, aunque nuestros presagios no son muy alentadores. No le gusta demasiado tratar con los medios de comunicación, por muy serios y respetuosos que seamos con él y su obra artística. Sé que somos pocos los que hacemos televisión desde el lado de la educación y la palabra adecuada y por eso mismo necesitamos  personas como él: gente notable que sabe emocionar, conmover y transmitir con el corazón en la mano y no en el bolsillo. Se hará lo que se pueda. Si no, ahí nos quedan sus canciones, al alcance de todos los que aún tenemos el oído sin atrofiar.

Lo que no es tan ilusionante es volver a la actualidad diaria y comprobar que en septiembre todo sigue igual: las colas del desempleo cada vez son más largas, las viviendas rozando ya las nubes, los ayuntamientos están podridos y las empresas han elegido el vestido de la precariedad para ligarse a ese caballero guapo que huele tan mal y que todos conocemos como el Sr. Libre Competencia. ¿Para qué otra estrategia con lo bien que funciona la esclavitud juvenil?

Yo me he vuelto a sentar de nuevo con mis cuentos. He estado unos días sin escribir, detenido fundamentalmente en la observación y especialmente en la regeneración de ideas. Creo que cada cierto tiempo hay que saber detenerse y contemplar, beber, reír y contar las estrellas. Recuerdo que de pequeño alguien me señaló cuál era mi estrella y aún hoy no la he perdido de vista. Si aguanta un poco más, tendré fuerzas para todo.

He empezado a escribir Ladridos, un cuento muy animal sobre un tema un tanto sutil: la diferencia. He elegido al colectivo canino porque representa muy bien a la especie humana, autora de su histórica domesticación. Paso horas observando el comportamiento de los animales que tengo en la granja y puedo asegurar que se obtienen conclusiones más certeras que embobándose con Gran Hermano. Me acaban de regalar una cría de cabra. Le llamamos Arturo y su carácter hace honor a la expresión popular. Está fatal de los nervios, aunque es un animal extremadamente simpático y cariñoso. El primer disgusto llegó cuando vimos que no se subió a la parra, sino que se la comió directamente. Arturo es esencialmente diferente a las gallinas, los patos, los palomos etc. En unos días os lo mostraré en fotografías.

En Ladridos además de brindar por la diferencia quiero enfrentarme a ciertos retos estilísticos. Espero que los resultados sean satisfactorios. Ya me diréis si os emociona y entretiene la historia. Voy a ponerme de nuevo con el cuento, ahora que sigue avanzando la noche y el silencio me trae tantas ideas... Lo malo es que parece que no se arranca a llover.

25 de octubre

Tal y como imaginaba, para escribir Ladridos he tenido que dedicar más esfuerzos a la técnica que a la temática. Me he exprimido al máximo en el cómo y no tanto en el qué. Desde aquella mañana de verano que visité el Centro de Protección Animal de Córdoba tuve claro que quería escribir esta historia, pero en este tiempo he dudado mucho [y sufrido] sobre el procedimiento adecuado. Quería narrar en primera persona, pero marcando distancias, diferencias, entre el personaje principal y el lector. La intención era que, incluso siendo un relato-confesión contado al oído por el protagonista,  el lector sintiera como ajeno su propio drama personal –el drama de cualquiera de nosotros-. Justo al contrario de lo que persigue cualquier otro autor.

Jamás pensé que aprendería a ladrar. Uno nace y se pasa la vida gestionando la idea de vivir siempre como un ser inteligente, razonable y conversador. Pero no. De repente, una mañana te levantas entre rejas y descubres que no te han encerrado en la cárcel sino en un centro de protección animal. Lo notas fácilmente. Tu cubículo se reduce a dos metros cuadrados de suelo sin compartimentos: ni terraza, ni baño ni sala de estar. En lugar de cocina tienes un comedero para pienso y sustituyendo al frigorífico un bebedero con dosificador. También lo percibes porque aún sabes leer y justo enfrente tienes un cartel que pone “Perrera municipa”, aunque realmente lo definitorio es comprobar que a tu alrededor sólo huele a perro.

Lo he intentado mediante una interposición de peripecias narrativas y con varios experimentos aplicados a los diálogos, que he usado por primera vez de forma comprometida. El drama de ser o pensar diferente me seducía tanto como materia de un cuento que cualquier esfuerzo merecía sin duda la pena.

En estas últimas semanas se sucedieron varias festividades y en Sevilla ha hecho un tiempo espléndido. Pleno sol y temperaturas agradables, pero sin embargo no me ha sido difícil sacrificar la calle y quedarme en casa escribiendo, peleándome con el cuento. He de reconocer que en la tarea me han ayudado Charlie Parker con Miles Davis, George Delerue y Jamie Cullum, a quien he descubierto después de oír maravillas sobre su música. No me ha decepcionado. Por lo demás, he engullido todos los libros y revistas que pasaron por mis manos.

En cambio, sí pisé el campo, que me reporta la temperatura mental precisa para generar ideas. Arturo coge peso estrepitosamente y el arriate va cogiendo su textura: calabaceras por abajo y trepadoras por arriba. Espero que estas lluvias infatigables no acaben con las flores que se han adelantado a la primavera. Sería lógico, pero cruel, como lo es habitualmente la naturaleza. En una conversación con mi abuela Isabel, descubrí que mi tatarabuela sintió la muerte de casi la mitad de los veintidós hijos que tuvo. Cuánto talento evaporado entre quienes no llegaron a expresarse públicamente o sencillamente nunca vieron la luz del sol. ¿No es odioso?

Llegado por fin a este punto, tengo que seguir buscando nuevos temas de actualidad –grandes temas- para domesticarlos y llevarlos al acontecer diario, a los escenarios comunes y salpicarlos de magia y misterio. No digáis nada al respecto. Es sigilo sacramental.

Últimamente estoy preocupado. Por las noches, justo antes de dormir, suelo asomarme a la ventana y las estrellas se sienten solas. ¿Dónde están los murciélagos?

8 de noviembre

Un verso de Eduardo Hurtado viene a casa todos los días a pedirme ser el título de uno de mis relatos. Me insiste demasiado y he pensado no resistirme más. A partir de ahora, Estrellas sin cubierta pasa a llamarse Putas sin acera. Espero que allá en México Eduardo no se sienta un poeta abandonado.

10 de noviembre

Siempre pensé que moriría con veinticinco años. Recuerdo que fue en el verano del ochenta y seis, ni siquiera tenía siete años,  cuando al cruzar un paso de peatones en el centro de Mallorca tuve esa primera –e intensa- percepción. Entonces no me preocupó la idea porque hasta los veinticinco años quedaba mucho tiempo por vivir. Tal y como fueron pasando los años, fui asumiendo ese destino y para cuando me quise dar cuenta, estaba totalmente familiarizado con lo que otros podrían considerar un desastre injusto. No me preocupaba lo más mínimo y nunca fue una obsesión personal. Hice mis planes con la certeza de que a esa edad marcada todo se iría al carajo. Ahora tengo veintisiete y aún sigo vivo.

6 de diciembre

La victoria y la derrota cenan siempre juntas, pero cada noche una de ellas decide acostarse contigo y la otra prefiere irse a descorchar botellas de champán.

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