
Pensemos por un momento cómo era este país en 1995. Dejemos a un lado los numerosos casos de corrupción política que un año después acabarían con el gobierno socialista, que llevaba en el poder ininterrumpidamente desde 1982, y centrémenos en la economía real. Con 39 millones de habitantes padecíamos un 22’7% de desempleo según el Instituto Nacional de Estadística. Un 19% de la población vivía bajo el umbral de la pobreza relativa. Éramos un país deprimido porque no había perspectivas de mejora y todo el oro que relucía se debía a las titánicas subvenciones que llegaban directamente de Bruselas como apoyo directo a uno de los países más pobres de la Unión Europea. Dinero que iba para modernizar las infraestructuras, para subvencionar a unos agricultores en declive etc... Pero lo sustancioso, es decir, la prosperidad de Estado, empresarios y empleados en general estaba en depresión profunda. Comprensible en un país que tradicionalmente ha importado más de lo exportado y cuyo crecimiento se circunscribe fundamentalmente al sector servicios. La única ilusión posible recaía en ese momento sobre la alternancia política. Otros gestores, otro panorama. Se pensaba.
Lo que ocurrió entre 1996 y 2004 lo sabemos todos. De repente el PIB español comenzó a subir y medio mundo se asombró de la gran hazaña del señor Rato. Héroe nacional, mago de la economía, el gran gurú del siglo XXI... tanto se decía sobre sus méritos que el Fondo Monetario Internacional le acabaría aceptando como Director Gerente en 2007. Insólito: Un español en el FMI, algo que no había ocurrido desde su fundación en 1946.
Pero ¿en qué consistía la gran pericia de don Rodrigo? La gran pericia de don Rodrigo se llamaba Ley de Extranjería (Ley Orgánica 4/2000) y no dependía de su ministerio pero le venía que ni pintada. Ese año había en España 923.879 inmigrantes censados (un 2’28% de la población total). Sólo cuatro años después: 3.034.326 (un 7’02%...) Qué bien, un gobierno conservador ocupándose de los derechos y libertades de la población extranjera. Como progresista que soy debía felicitarles. Pero qué casualidad, entre 1996 y 2006 los beneficios empresariales aumentaron un 73% mientras que el salario medio real de los españoles caía un 4% según la OCDE. El único país, repito, el único país de los 30 que integran la OCDE cuyos asalariados pierden poder adquisitivo en esa década. Es fácil pillar al trilero, ¿verdad? Si en esa época levantabas la voz te llamaban xenófobo, y eso no es más que una humillación. Pero la mano de obra no hacía más que bajar y el producto final, subir. El IPC subía a una media de un 4%. ¿Dónde estaban los nuevos ricos? ¿Y los nuevos pobres? Sí, el paro había bajado a un 11% de la población total, pero ¿a qué precio se vendía empleo? ¿y a qué precio se vendían casas? ¿Cuánto tiempo podría estar el trilero engañándonos? ¿Cuánto tiempo íbamos a estar haciendo el bobo? –Aquí, querido lector, un inciso: ¿qué programas recuerda haber visto usted en televisión entre los años 2000 y 2005?-
Prosigamos. Mientras el país acogía cariñosamente a millones de inmigrantes (lo pongo en cursiva porque eso es ya cuestión de talante: yo compartía piso con un ecuatoriano y entre él y yo había mucho cariño), de España emigraban miles de titulados universitarios: biólogos, arquitectos, ingenieros, periodistas, filólogos etc... Recibir mano de obra barata y expulsar mano de obra cualificada es muy buen negocio para unos que yo sé, pero para el interés público presente y futuro es una auténtica sangría. Reino Unido, Alemania o Japón están ahora beneficiándose gratuitamente de la millonaria inversión que hemos realizado sobre miles de jóvenes españoles. Y que no se nos olvide, se nos han marchado los mejores, los más capaces, los mejor preparados. Ahora tienen su sitio y no pretenden volver. O quizá sí para disfrutar bajo el Sol su lejana jubilación. No me explico cómo las televisiones públicas no censuran programas del tipo Españoles por el mundo. Jijí, jajá, qué modernos somos. No sé cómo no les escuece. Esos programas no hacen más que recordarnos: chico, si quieres prosperar vete de este país. Cualquiera que sale retratado cobra 2.500 euros, tiene vivienda propia y puede hacer planes de futuro. Eso, aquí, que levante la mano. Los peores contratos (dos de cada tres jóvenes trabajadores tienen un contrato precario) y las hipotecas más grandes, en nuestra querida España.
1995 no está tan lejos. Y no quiero decir que 15 años no es nada, quiero decir que estamos en las mismas, con un 20% de desempleo y un futuro que llama al desaliento. Gentes que van, gentes que vienen. Pero sólo a la espera de un nuevo trilero que nos pueda engañar. Porque lo demás parece que es imposible.

Cuando se aproxima Nochevieja suele darme por parar y pensar en lo que fue y quedará del año que termina. Lo hago, reconozco, involuntariamente desde los trece o catorce años. Es como asimilar una página antes de pasar a la siguiente en un gran libro que trata sobre la vida colectiva y personal. Antes de inspirar, queramos o no, hay que expirar y así sucesivamente.
Desde hace unos meses, además, tengo la sensación de estar viviendo un capítulo clave de la Historia del mundo. Un año a la altura de 1989, 1973, 1945 o el más remoto 1929. ¿He dicho remoto? Quería decir cercano…
A menudo pensamos en esos años y le reconocemos su indudable valor histórico, pero rara vez los relacionamos con el día a día de la gente. Para superar eso no hay más que preguntarle a un alemán qué hubiera sido de su vida sin 1929. O a un español sobre lo que hubiese ocurrido si los alemanes hubieran tenido una Historia diferente.
Mucho se ha comparado la crisis del 09 con la del 29, suicidios incluidos. Todo tenía que saltar por los aires y afortunadamente saltó, puesto que íbamos por el camino equivocado. En ambas ocasiones, el fenómeno se inició en Estados Unidos, tras una década de crecimiento económico, incremento del endeudamiento y especulación bursátil (con beneficios rápidos y fáciles).
Pero a mí la imagen que me queda como reflejo no sólo de 2009 sino de toda esta turbia época que vivimos no es la subastada chaqueta de Bernard Madoff, ni la de los brokers neoyorquinos sacando sus pertenencias en cajas de cartón, sino la del amerizaje del señor Sullenberger. Gracias a Chesley Sullenberger pudimos ver a 155 personas flotando sobre el río Hudson. Fue alucinante contemplar un Airbus A320, tecnología punta, hundiéndose por culpa de una malvada tropa de pajarillos. Un cacharro de 42 toneladas derribado por seis o siete gansos de no más de 5 kilos. ¿No es curioso?
No, no es curioso. Es trágico. Precisamente eso es lo que nos ha ocurrido a todos: se nos ha venido abajo la casa porque una linda mariposa se posó sobre la antena de nuestro tejado. La verdad es que uno lo piensa y siente vergüenza ajena. Ver cómo, después de dos mil años, hay puentes romanos que soportan el tránsito de vehículos pesados y, en cambio, urbanizaciones enteras sin estrenar, vendidas en la categoría de lujo, se caen por el peso de las grietas. Es lo que había. Díaz Ferrán no siente pudor al reconocer que él no volaría en un avión de su compañía. Anders Dahlvig se niega a meter en su casa muebles de su factoría, es decir, de Ikea. Y el del bar de la esquina, por más que nos empeñemos, jamás va a probar las croquetas que amasa con sus propias manos.
Es la mentira que nos ha tocado vivir. Pero todo eso, por suerte, se está hundiendo lentamente en las truculentas aguas de la Historia. Nos queda la metáfora -lo único que nos importa-, que sigue a flote sobre el río Hudson, en el oeste de Manhattan. Porque las metáforas, como muy bien saben ustedes, nunca mueren.
En muchos sentidos pertenezco a la generación sandwich. Cuando empecé a estudiar primaria ya no se estilaba lo de la regla de madera para poner orden en clase (aunque es verdad que don Baldomero recurría a ella para apaciguar a las fieras -los demás nos poníamos firmes sólo al ver su mastodóntica envergadura-) y cuando terminé la carrera aún no existía Facebook ni Youtube. Por entonces, nadie nos advertía que acercarse a las chicas era pecado, como antaño, pero la edad de iniciación sexual aún no había bajado hasta los ¡trece años! Heidi no era una chica moderna, pero aún, por suerte, no cenábamos con nada parecido a Física o Química...
Ahora, de repente, y en medio de este descalabro político-comercial casi irresoluble, se ha puesto de moda hablar de la autoridad del profesor. Es cierto que dan ganas de llorar al verle los gallumbos a ese pobre hombre cuando uno de sus alumnos “aventajados” le baja los pantalones para risa de sus colegas, pero de ahí a que sea práctico que la Comunidad de Madrid trate, por ley, de instaurar la autoridad del docente, hay un viaje muy largo en el que muchos no han pasado por el revisor.
En primer lugar creo que lo mejor sería distinguir entre maestro y profesor. Convencionalmente está muy claro. Maestro sería el que, tras haber estudiado Magisterio, imparte su ejercicio en la educación primaria y profesor el que, con una licenciatura específica, ejerce, por lo común, en secundaria. Para mí la diferencia es otra. Un profesor es aquel que imparte conocimientos, que sigue unas pautas marcadas por el órgano competente y que al final de curso evalúa los conocimientos y destrezas de sus alumnos. Un maestro, entiendo, es otra cosa. Es un tipo que desempeña todo lo anterior demostrando un compromiso ético, alguien que, por encima de todo, te enseña a vivir, estés dentro o fuera del aula habitual. Te descubre lo que vale equis en una ecuación de segundo grado, el valor de una preposición en una frase compuesta o qué clima viste la meseta subbética, vale, pero siempre con el valor de la humanidad y una actitud comprometida por delante. Por lo general, un profesor necesita ganarse el respeto. El maestro, de partida, lo tiene, puesto que el alumno percibe (conscientemente o no) que, gracias a él, está siendo mejor persona. Un profesor se empeña en captar la atención. Un maestro sólo se juega perderla.
En mi carrera estudiantil he tenido demasiados profesores y sólo un puñado de maestros: Don Manuel, doña Isabel, don Juan Pedro, don Baldomero (sí, don Baldomero, que con el tiempo dejó de usar la regla), don Matías, don Pérez Guillén, doña María Dolores, doña Lourdes, doña Mari Sierri (que en gloria esté) y alguno más de la facultad que, por recientes, prefiero no nombrar. Me acuerdo de todos y puedo asegurar que jamás vi a un compañero faltarle el más mínimo respeto a alguno de ellos, por más que yo siempre estudiara en centros repletos de niños provinientes de lo que ahora se conoce como familias desectructuradas. En cambio, sí he sentido en más de una ocasión vergüenza ajena viendo cómo un niño amenazaba con golpear a una profesora de matemáticas. Casualidades de la vida: a una que nos faltaba el respeto a nosotros apareciendo por clase sólo cuando no tenía otra cosa que hacer.
Pero ¿por qué ahora trascienden tantos casos de alumnos que faltan el respeto a sus profesores? Para responder a esto, deberíamos cuestionarnos otros muchos asuntos: ¿Por qué hay tantos profesores que faltan el respeto a sus alumnos? ¿por qué hay tantos padres que faltan el respeto a sus hijos? ¿por qué hay tantos que no se exponen como padres, sino como coleguis? ¿por qué hay tantos personajes públicos que no respetan a otros personajes públicos? ¿por qué esos personajes no respetan a sus telespectadores? ¿por qué tantos políticos no cumplen ni hacen cumplir las normas que aprueban? ¿por qué la Justicia es un chiste? ¿por qué hay tantos empresarios que se ríen de sus subordinados? ¿por qué hay tantos empleados que desprecian su trabajo? ¿por qué no iba a haber violencia en las clases si la hay por todos lados? ¿por qué estos interrogantes no adquieren el mismo rango que la custodia de Andreíta?
En institutos y escuelas creo que todo sería más fácil si hubiese menos profesores y muchos más maestros. Un momento. ¿Y qué determina que alguien sea un maestro o un profesor? Creo que algo tan sencillo como la vocación, el compromiso ético, el estar a gusto en un aula y saberse consciente del valor de cada uno de sus gestos, de cada una de sus palabras. Un busto difícilmente sea emocionante si su escultor no puso, de primeras, dedicación y entusiasmo, aparte de cincel y técnica.
Hace algunos años estudié el CAP. Creo que muchas de las teorías de la pedagogía moderna deben reconocer su estrepitoso fracaso. Una clase de instituto no es una reunión de amigos ni el plató de Sálvame. A clase no se va (des)vestido como a la playa. La Revolución Francesa no puede interrumpirse por un mensaje de móvil. En definitiva, que sin disciplina y autoridad (no confundir respeto con miedo) no llegamos a ningún sitio, como dice, con buen criterio, mi querido amigo Álvaro, que de esto, como de todo, sabe más que yo.
Termino, no quiero dar a entender que soy un pesimista sin remedio. Tampoco soy un retro, no defiendo las viejas formas, pero dejadme que me siga preguntando por qué es tan difícil acceder a la Facultad de Medicina y tan fácil a la de Magisterio.
Por derecho propio, Ana-Luisa Ramírez, de Valencia, acaba de ganarse un hueco en esta categoría de Ciudadanos Cabreados. Reproduzco tal cual la carta que envió al director de El País.
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No ANA-LUISA RAMÍREZ - Valencia No toques. No beses. Aprende navegando. Fórmate online. Lee en e-books. Escolariza a tu bebé a los cero años (en inglés, please) y esterilízalo, Einstein-ízalo, Mozart-ízalo. Interna a tus ancianos en residencias. |
Lo de Manel Fran i Trenchs, jefe de comunicación del Ministerio de Trabajo, es bochornoso e inaceptable en una democracia, que dicen, madura. Lástima que otras muchas veces quede sin filmar, en silencio.